BENDICIÓN DEL DÍA 7 DE
ABRIL DE 2007, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL
ESCORIAL (MADRID)
LA
VIRGEN:
Levantad
todos los objetos; todos serán bendecidos para los pobres
moribundos...
Os
bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
MENSAJE DEL DÍA 29 DE ENERO DE 1983
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hija mía, hija mía, va a ser un mensaje muy corto, hija mía. Levanta la voz, para que todos te oigan, hija mía, para que mis almas consagradas presten atención; va a haber un castigo, hija mía, sobre toda la Humanidad; no quieren esas almas escuchar mis mensajes. Hija mía, te he dicho que fueses astuta; te lo he dicho; tú lo has cumplido; no te dejes someter, hija mía, a ninguna prueba más. Quieren confundirte, para destruir como en otros lugares, hija mía. Hija mía, vas a sufrir mucho; esas almas, hija mía, esos pecados de esas almas consagradas..., los ángeles del Cielo están pidiendo venganza al Padre por ellos. No hacen caso, hija mía; se dejan engañar por la astucia del enemigo, el enemigo ha oscurecido sus inteligencias, hija mía, para meterlos en los placeres del mundo. Poco a poco, hija mía, se van condenando... ¡Qué pena de almas! Hija mía, sobre este planeta Tierra se avecina un castigo muy grande, como jamás ha habido en la Humanidad. Grandes nubes de humo, hija mía, y de fuego destruirán lo que los hombres han construido. Grandes terremotos, hija mía; también habrá fuertes huracanes, grandes sequías, hija mía; será horrible.
Yo quiero que se salven todos, hija mía, pero ¡qué pena de almas! Estoy dando avisos, hija mía, para toda la Humanidad; derramo gracias, hija mía, pero no quieren salvarse los humanos, hija mía; tienen los corazones endurecidos, hija mía. El Padre Eterno está ofendido, hija mía, y su ira está próxima... (palabra ininteligible), hija mía.
Mira, hija mía, mi Corazón Inmaculado, cómo está por todos mis hijos sin distinción de razas, hija mía. He venido a consolarte, hija mía; no podía faltar tu Madre, tu Madre celestial. Te quiero, hija mía, con todo mi Corazón, como quiero a todos mis hijos sin distinción de razas, hija mía; para mí no existe la distinción de ninguna raza. Tendrás grandes pruebas; sé humilde, hija mía, no dejes al enemigo astuto que te confunda, hija mía; haz caso, hija mía, y cumple mi voluntad, hija mía.
Quita una espina de mi Corazón, hija mía, sólo una, hija mía... No toques más, hija mía, no toques más... Están muy clavadas, estas almas no quieren purificarse, hija mía, están entregadas al vicio y al pecado, hija mía.
Reza por las almas consagradas, hija mía, para que abandonen los placeres del mundo y se entreguen a la oración y a la penitencia. En estos momentos el mundo está necesitado, hija mía, de oración y de sacrificio, sacrificio para toda la Humanidad. Quiero que se salve la tercera parte de la Humanidad. No hacen caso de mis mensajes, se ríen, hija mía, de todo esto; ¡qué pena de almas, hija mía! Sigue, hija mía, sigue adelante, no te dejes engañar por la astucia del enemigo... (Frase ininteligible). Están intentando destruir todo esto.
Escribe otro nombre, hija mía... Ya hay otro nombre más, hija mía; está escrito en el Libro de la Vida; nunca jamás se borrará este nombre, hija mía. Besa el suelo, hija mía... Por mis almas consagradas, hija mía, por mis almas consagradas; son las que menos, hija mía, hacen caso de mis mensajes; no quieren escuchar mis palabras; ¡qué pena de almas, hija mía! Humíllate, hija mía, que todo el mundo vea tu humillación; ofrécete por la salvación de las almas. Vuelve a besar el suelo, hija mía... Besa mis pies...
LUZ AMPARO:
¡Están fríos! ¡Qué fríos!
LA VIRGEN:
Sí, hija mía, así de frío tienen el corazón los humanos; así, hija mía.
Esta vez, hija mía, no vas a beber del cáliz del dolor; quiero consolarte solamente. No te abandones, hija mía, sigue adelante, hija mía; yo estaré contigo, que no te acobarden, sé fuerte, hija mía, como mi Hijo, hasta el último momento.
Os bendigo, hijos míos, como mi Hijo os bendice en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
29-Enero-1983
«...no te dejes someter, hija mía, a ninguna
prueba más. Quieren confundirte, para destruir como en otros lugares, hija mía.
Hija mía, vas a sufrir mucho» (
No analizamos las
primeras líneas del mensaje, pues su contenido ya ha sido comentado en ocasiones
anteriores; lo que se refiere al “Castigo” (aludido dos veces) y su significado
en los mensajes de Prado Nuevo, se explicaba, por ejemplo, en el comentario de 7
de septiembre de 2002.
Las primeras palabras
de
El
12 de agosto de 1982
En cuanto a la astucia referida, podríamos indicar que
hay dos
tipos: una buena y otra mala; la primera es la de quien se muestra hábil
para evitar el engaño; acerca de ésta le advierte
«No hacen caso, hija mía; se dejan engañar
por la astucia del enemigo, el enemigo ha oscurecido sus inteligencias, hija
mía, para meterlos en los placeres del mundo. Poco a poco, hija mía, se van
condenando... ¡Qué pena de almas!» (
El enemigo de las almas aquí citado es indudablemente el diablo; como avisa san Pedro: «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1 P 5, 8). Y recomienda, infundiendo a la vez esperanza: «Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos. El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará» (1 P 5, 9-10). En este sentido, escribe san Beda, desenmascarando a este enemigo: «Perverso maestro es el diablo, que mezcla muchas veces lo falso con lo verdadero, para encubrir con apariencia de verdad el testimonio del engaño» (1).
En cuanto a la condenación aquí mencionada —«Poco a poco, hija mía, se van condenando...»—, podemos señalar lo que sigue:
La perdición eterna o condenación es posible. Al hablar del
Infierno, el papa Juan Pablo II subrayó, en una conocida catequesis sobre el
tema, que la «condenación sigue siendo una posibilidad real», y aclaraba: «Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero,
por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir
rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la
comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la
doctrina cristiana cuando habla de condenación o Infierno (...). La
“condenación” consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de
Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa
opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado (...). El pensamiento del
Infierno (...) representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad,
dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el
Espíritu de Dios, que nos hace invocar “Abbá, Padre” (Rm 8, 15; Ga
4, 6). Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano.
Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de
En esta línea expuesta
por el papa Juan Pablo II, se encuentran las siguientes palabras de
(1) Catena Aurea, vol. IV, p.
76.
(2) Audiencia, 28-8-1999.