MENSAJE DEL DÍA 2 DE SEPTIEMBRE DE 1983
EN SAN LORENZO DE EL ESCORIAL (MADRID)
Estábamos Vicente y yo en casa terminando de comer cuando vino mi madre a vernos. Como ella no había comido, se quedó a comer con nosotros. Al terminar de comer Vicente y mi madre siguieron en el comedor mientras yo recogía los platos de la comida. Vicente le enseñó unas fotografías de la familia y, de repente, desde la cocina, empecé a oír los gemidos de mi madre; salí corriendo hacia el comedor y efectivamente, le estaban dando los estigmas. Entre Vicente y yo la llevamos a la cama y la acostamos. Nosotros la vimos sangrar por la frente, manos y pies. Al rato de estar acostada, la santísima Virgen dio el siguiente mensaje:
LA VIRGEN:
"Sí, hija mía, aquí estoy para consolarte y para ayudarte a soportar este sufrimiento. Mi Hijo también sufre diariamente para la salvación de las almas, por eso mi Hijo coge víctimas como tu y otras para reparar los pecados de los hombres.
Sufre, hija mía, que mi Corazón también sufre. Porque estoy dando avisos para toda la humanidad. La humanidad no hace caso, está vacía, por eso sufro, hija mía. Mi Corazón está transido de dolor por todos mis hijos, no hacen caso a mis avisos y el mundo sigue peor.
Esta raza humana se rebela contra Dios; todos los días se precipitan en el abismo millones de almas para toda la eternidad. ¡Qué pena de almas! Haced sacrificio y oración. Al pie de la cruz mi Hijo os dejó una herencia, y esa herencia es ser Yo Madre de toda la humanidad; por eso soy corredentora del género humano.
Quiero avisar que el tiempo se aproxima y los hombres no dejan de ofender a Dios. Os pido sacrificio y oración para la salvación de las almas.
Vale la pena sufrir y no condenarse para toda la eternidad. Es para toda una eternidad vuestra condenación o vuestra salvación. Por eso os pido que no os abandonéis en la oración. Acercaos al sacramento de la confesión y la Eucaristía.
Mira, hija mía, cómo está mi Corazón transido de dolor por todos mis hijos sin distinción de razas (aquí mi madre llora con amargura); si, hija mía, mi Corazón no deja de sufrir, corno cualquier madre que sea buena sufre al ver que millones de hijos se precipitan al abismo, se condenan por su propia voluntad. Por eso os pido oración y sacrificio.
¿De que os vale tener todas las cosas del mundo si en un segundo podéis perder vuestra alma?
Los humanos tienen el corazón endurecido, no tienen compasión de este Corazón Inmaculado que será el que triunfe sobre toda la humanidad.
No puedes tocar el Corazón de tu Madre, hija mía, no se ha purificado ningún alma. Qué ingratos son los humanos, hija mía:
Escribe un nombre en el libro de la vida, en recompensa escribe el nombre que tú quieras, hija mía (escribe de derecha a izquierda en el aire). Ya hay otro nombre más en el libro de la vida, otro nombre que no se borrará jamás.
Vale la pena sufrir para recibir la recompensa (la cara de mi madre refleja felicidad). Mira qué recompensa espera a estas almas víctimas por la salvación de la humanidad (mi madre gime de alegría mientras ve algo). ¡Qué felicidad se siente aquí, hija mía! Aquí no hay envidias ni guerras, aquí no hay más que paz, amor y felicidad. Vale la pena hacer sacrificios y oración para conseguir las moradas que están preparadas. Es duro este camino, pero luego, ¡qué recompensa tan grande, qué recompensa!
Pedid a mi Inmaculado Corazón gracias, que él os las concede para la salvación de las almas.
Sed humildes y amaos como mi Hijo os ama. Vale la pena este amor para luego gozar de su presencia.
Yo os bendigo, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo. Adiós, hijos míos. Adiós’’.
Nada más terminar el mensaje, mi madre empezó a sentir un frío terrible. Le temblaba todo el cuerpo; empezaron a crugirle los huesos mientras pedía agua y le daban muchas arcadas. Media hora más tarde, aproximadamente, todo se le había pasado, la sangre había desaparecido, excepto la que había quedado en las sábanas. Mi madre había vuelto a la normalidad, aunque un poco mas cansada que antes.