MENSAJE DEL DÍA 3 DE AGOSTO DE 1991, PRIMER SÁBADO DE
MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
EL
SEÑOR:
Hija mía, yo, Jesús, el
Hijo de María, quiero dilatar todos los corazones del fuego de mi amor, pero los
hombres escuchan mi palabra, pero no toman mi ejemplo. ¿Qué es la palabra sin
obras? Yo digo, hija mía, que quiero acrisolar todos los corazones con el fuego
de mi amor. Es muy importante en estos últimos tiempos el mandamiento primero de
la Ley de Dios: amar a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con tus
cinco sentidos, y al prójimo como a ti misma; pero los hombres han convertido
este mandamiento en desamor, en desunión, en discordias, en odios. No entraréis
en el Reino del Cielo si no practicáis el mandamiento del amor, hijos míos.
Mucho habláis de Cristo pero poco practicáis sus obras. Practicad, hijos míos,
el Sermón de la Montaña: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de
vestir al desnudo, dar posada al peregrino; eso es lo más importante en estos
tiempos, hijos míos: el amor, la caridad.
El hombre está
destruyendo el mundo con su desamor. Ya es tiempo de cumplir mis palabras.
Traeré fuego a la Tierra para que arda y acrisolaré todos aquellos corazones que
han seguido mis mandamientos; los acrisolaré y los dejaré limpios como las aguas
de los arroyos. Y a todos aquéllos que han convertido mis mandamientos en odio,
en lujuria, en egoísmo, en impiedad, en soberbia, los reduciré a cenizas y los
apartaré de mi mirada, hija mía. Va siendo hora de segar la mies, ¡y los hombres
creen que no va a llegar ese día! Ese día está próximo. No cerréis vuestros
oídos, porque mi Corazón primero ha querido acrisolar con el fuego de mi amor
todos los corazones, con mis avisos, y vosotros, necios, os habéis dejado
engañar por el enemigo y vuestros corazones están empedernidos y el enemigo os
hace ver en la verdad de Dios, la mentira, y en su mentira, la
verdad.
Ya va siendo hora,
hijos míos, de apartar la cizaña. Y ya va siendo hora de que caiga el fuego
sobre la Tierra y consuma vuestros graneros, que están llenos de egoísmo y de
lujuria. ¿Hasta cuándo, hijos míos, os vais a dejar engañar por la astucia del
enemigo?
Mira, hija mía, estos
cuatro ángeles en los cuatro ángulos de la Tierra: están preparados para que con
una sola palabra que salga de mi boca, destruir todo lo malo que hay en esta
Tierra. Mira la posición de los ángeles, hija mía.
LUZ
AMPARO:
Hay cuatro ángeles en
los cuatro puntos de la Tierra: del Este al Oeste y del Norte al Sur. Tienen
cuatro alas y bajo esas alas, en las de abajo, llevan una rueda que da la vuelta
sobre su ala. Hay fuego debajo de esa ala y mete la mano uno de ellos, y sólo
con meter la mano, tocando esa rueda, veo arder la mayor parte de la Tierra.
¡Qué horror! Niños y mayores arden en ella; parece un volcán de fuego. ¡Ten
compasión, Señor, de todos ellos!
EL
SEÑOR:
Pronto será la hora de
mi justicia, porque estoy derramando la misericordia y los hombres ingratos se
baten (1) en el pecado, en el odio, en el egoísmo, en la carne. Dentro de poco,
hija mía, no habrá compasión. Mi misericordia se agota y mi justicia se
aproxima. ¡Ay, hombres ingratos, hasta dónde habéis llegado, hijos míos, con la
perversidad de vuestro mal! Habéis convertido la luz en tiniebla, porque yo,
hijos míos, a todos os he mandado gracias para vuestra salvación y sacramentos
para mantener las gracias; y ¿qué habéis hecho de todo esto?: ultraje a la
Divina Majestad de Dios, desprecio a los sacramentos, odio, envidias,
rencores...
Orad, hijos míos, y
haced penitencia; no penséis en almacenar, extended la mano al desvalido,
practicad el mandamiento del amor; sin este mandamiento no hay salvación. El
hombre fue creado para amar y glorificar a Dios y para vivir en el Paraíso y
participar del conjunto de todo lo bueno con todos sus hermanos. ¿Qué habéis
hecho de mis leyes, hijos míos?: corrupción y destrucción. Yo acrisolaré los
corazones de todos aquéllos que han aceptado mi voluntad y los transportaré a la
Tierra Prometida. Pero, ¡ay de vosotros ingratos, que no habéis pensado nada más
que en vosotros mismos, oiréis estas palabras: “Id, malditos, al fuego eterno,
que Satanás tiene preparado para todos sus secuaces”!
¿Hasta cuándo, hijos
míos? ¡Almas consagradas, despertad a la gracia, no os dejéis arrastrar por el
apetito carnal! Acudid a mí, hijos míos, contritos y arrepentidos, todavía queda
un poco tiempo; entregaos a vuestro ministerio de la Iglesia, sed piadosos,
hijos míos, y practicad la virtud de la caridad. Por eso mi Corazón grita: amaos
los unos a los otros, como yo os he enseñado a amar. El tiempo es corto y
vuestros pecados son muchos, hijos míos. La Humanidad está
corrompida.
LA
VIRGEN:
Hijos míos, acudid a mi
Inmaculado Corazón, que mi Corazón os protegerá y os llevará al Corazón de
Cristo.
Mira mi Corazón, hija
mía, mis lágrimas caen por mis mejillas y mi Corazón está traspasado por siete
espadas de dolor, porque los hombres siguen y siguen, cada día más, cometiendo
crímenes y destruyendo el mundo, hija mía.
Soy Madre de los
Dolores, Madre de la Humanidad; mi Corazón sufre por todos mis
hijos.
Acudid a mí, hijos
míos, que yo os llevaré al camino de Cristo. La cólera de Dios está cerca y su
justicia santa va a ser derramada sobre toda la Humanidad. Sacrificios y
penitencia pido.
Mira mi Corazón, hija
mía, cómo está traspasado por el dolor, ¡tantas ofensas hechas a la Divina
Majestad de Dios y tantas almas como se introducen diariamente en las penas del
Infierno!
¿Qué es la fe sin
obras, hijos míos?, muchos movéis los labios, pero vuestro corazón está frío
como un témpano de hielo. De nada os sirve mover los labios, hijos míos. Mi Hijo
os dejó la mejor oración, meditadla despacio y practicadla: la oración del
Padrenuestro. No os inventéis oraciones largas, hijos míos; conque practiquéis
esta corta, ahí está todo el Evangelio. Amad a Dios, vuestro Creador, hijos
míos, perdonad a vuestros enemigos, no penséis tanto en el mañana, haced la
voluntad de Dios, hijos míos. Pensad que Dios está en el Cielo y que pronto
vendrá su Reino sobre vosotros.
Quiero protegeros a
todos bajo mi manto. Mis súplicas constantes a la Divina Majestad de Dios, hijos
míos, es la que está alargando un poco el Castigo, hijos míos. Ya os lo tengo
todo dicho; pocas palabras, hijos míos, me quedan para hacer recomendación a
vuestra alma. Desde hoy mis mensajes serán muy cortos, hijos míos, mis palabras
serán de amor.
Y tú, hija mía, ama con
todo tu corazón y enseña a amar a los hombres, aunque te desprecien, aunque te
difamen. Pero, hija mía, cuando llega un alma al rebaño de Cristo, ¡qué alegría
siente mi Corazón! Sigue sufriendo, hija mía, para la conversión del mundo; ama
con todo tu corazón y entrégate a los demás.
Besa el suelo, hija
mía, en reparación de tantas ofensas como se cometen contra la Divina Majestad
de Dios...
Tu misión es amar, hija
mía, y sufrir.
Levantad todos los
objetos; todos serán bendecidos...
Desde hoy mis mensajes
serán cortos, pero mis gracias serán cada día más en
abundancia.
Os bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
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(1)
Del verbo “batir”, que tiene diferentes acepciones. En este contexto, parece que
significa “arrojar” y también “combatir, pelear”. El texto quedaría, pues, de
este modo: “Los
hombres ingratos se arrojan al pecado, y se combaten en el odio, en el egoísmo,
arrojándose a los pecados de la carne”.